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El códice purpúreo
de HERMINIA LUQUE ORTIZ
¿Qué puede llevar a una joven a privarse de alimento hasta la muerte? En el siglo IV d. C. las causas no pueden ser sino de índole religiosa. Veremos así cómo Ávita, la joven fallecida, es considerada una mártir y su tumba va a ser convertida en un lugar de culto. Pero las cosas no son nunca sencillas. Ni Ávita es una jovencita crédula ni su madre, Honoria, se verá libre de asechanzas. A través de las cartas que se intercambian los diversos personajes de la novela, asistiremos a la reconstrucción de los últimos meses de vida de la joven y los sólidos nudos de intereses tejidos en torno a ella. En esta novela se recogen ecos de los mejores epistológrafos del siglo IV (Sinesio de Cirene, Ausonio, San Jerónimo) así como de la patrística, la lírica y hasta la epigrafía de la época. Un siglo crucial en el que el triunfo del cristianismo va acompañado de un cambio trascendental en la cultura: el del rollo de papiro, que es sustituido por el códice de pergamino. El códice adquiere en este texto una dimensión simbólica, encarnándose –literalmente– para traer ante nuestros ojos una época no tan diferente a la nuestra como pudiera pensarse.
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Hubo un tiempo en que los dioses paganos eran, más que nunca, simples estatuas de piedra; y en el que el cristianismo se conocía como la religión de los galileos. Hubo un tiempo donde el ser humano estaba casi solo, y es donde Herminia Luque nos sitúa su novela “El códice purpúreo”.
A través de una correspondencia epistolar, escrita con un dominio del lenguaje que nos sumerge magistralmente en el siglo IV, vemos desfilar personajes del Imperio romano, todavía extenso aunque ya no tan poderoso, como ricas matronas de la Bética que endulzan sus vidas con los vinos de la tierra, piratas de los mares de Chipre o afeminados habitantes de Antioquía peinados con rizos. A la vez, de manera encadenada y cada vez más sorprendente, se nos revelan las intrigas de un ambicioso obispo para intentar que arraigue la nueva religión, la venganza de una matrona celosa, la codicia de los esclavos o la lujuria de un noble venido a menos. Todos ellos aparecen ofreciendo solícito consuelo a la rica Honoria, madre de Avita, virginal adolescente muerta por un exceso de ayuno que algunos interpretan como excentricidades de niña consentida, y otros como el grado máximo de virtud cristiana. Avita a todos engaña, pero también es utilizada por ellos.
La consolidación del cristianismo, basado en huesos de santas viajeras y de adolescentes raquíticas, Herminia lo materializa gráficamente con un cambio de epitafio desde el sencillo y elegante romano: “que la tierra te sea leve”, al grandilocuente que permanecerá finalmente en la tumba cristiana de Avita.
En medio de este tiempo de nadie, como símbolo del cambio, el rollo de papiro va siendo sustituido por el códice de pergamino. Pero la autora nos hace ir más allá, hasta descubrir que el códice es el origen de las pasiones más primarias del ser humano.
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